Os regalo un cuento

Os regalo un cuento

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Quería intentaros explicar mis reflexiones sobre este momento de sensaciones extrañas e incertidumbre puesto que, de alguna manera, me apetecía dar mi opinión. Al final decidí que no encontraba mejor manera de comunicarme con vosotros que escribiéndoos un cuento.

He escogido hacer la adaptación de un relato que ha venido recurrentemente a mi cabeza y que me parece que se presta muy bien a mi propósito: se trata de «El traje nuevo del emperador», un cuento publicado por Hans Christian Andersen en abril de 1837 y que, al parecer, Andersen ideó basándose en una traducción al alemán que se encontró del «exemplo XXXII» de El Conde Lucanor, escrito por Don Juan Manuel entre los años 1330 y 1335.

Como digo, he usado mi interpretación del cuento para que, a través de su argumento, queden inscritas esas reflexiones mías que os mencionaba al inicio.

Espero que os haga un ratito más ameno el confinamiento.

Óscar Rull

EL TRAJE NUEVO DEL EMPERADOR Y EL MUNDO DESNUDO.

Érase una vez, hace no mucho tiempo, vivía un emperador enamorado de los trajes con los que vestía su vanidad. Su colección era la mayor que jamás haya existido y provenía de todas las partes y rincones del mundo. Los trajes estaban ejecutados con exóticas telas suaves, de acicaladas texturas y cada cual era más bello y mejor que el anterior.

Pero el gran logro del emperador no era su incomparable ropero, ni siquiera el hecho de ser emperador, pues hombres de alta cuna siempre ha habido. Lo que hacía especial al emperador es que lo era de todos, así que su séquito era el mundo, el mundo entero. Su imperio alcanzaba enormes bosques boreales y desiertos llenos de vida. Y sus dominios, de haber sido un abecedario, llegarían de la A a la Z.

De esta guisa se vivía en tiempos del emperador.

Y es que la pasión por los trajes del monarca había hecho proliferar el comercio entre todos los pueblos del mundo. No solo mejoraba la vida de quienes se dedicaban a vender las telas sino también de los que las trabajaban y tejían, de los que sacaban agua para limpiarlas o teñirlas, de los que curtían las pieles y de los orfebres que las adornaban, incluso de quienes alimentaban o entretenían al resto. Todos vivían alegres y felices dedicándose a satisfacer la imagen de su emperador.

Era normal ver enormes caravanas de mercaderes yendo y viniendo de un lugar a otro, sobre todo, en la capital del imperio. En palacio, el emperador se fascinaba al ver desde lo alto aquellas serpientes de colores llenas de objetos que llegaban de todas partes del mundo. Tal era la fastuosidad del capricho del emperador que muchos creían que cualquiera podía aspirar a poseer todo aquello. Cada vez que un forastero llegaba a la capital y veía aquel enorme y lujoso palacio a lo lejos, pensaba:

-¡Buena fortuna me espera si me esfuerzo en satisfacer al emperador!

Pues bien, cada cinco años se celebraba una competición de sastres para escoger el mejor traje que los participantes fueran capaces de confeccionar. Los trajes ganadores de tan distinguido concurso se exhibían en el gran Museo Imperial -para gozo de sus visitantes- y quienes conseguían ganar el galardón eran nombrados “Tejedores del Imperio”, título que aseguraba a su portador riqueza de por vida.

Los meses previos al certamen, el imperio bullía con el ajetreo de los preparativos. Multitud de sastres, modistos y oportunistas se desplazaban hasta la capital en busca de fortuna. En esas fue que llegaron los hermanos Farabutto, dos sastres con manos de embustero y alma de embaucador. Cruzaron las puertas de la ciudad con tan solo dos zurrones llenos de aguja e hilo, una carreta vacía y el firme propósito de engañar la fatuidad del emperador, no por bien hacer sino por propia ambición.

–¡He oído que tejen ropas dignas de los dioses! –decían algunos.

–¡Y que sus trajes son tan especiales que no todos son capaces ni tan siquiera de verlos! –respondían otros tantos.

–Hacéis bien de escucharos, buena gente, pues no venimos a competir –voceaban la arribista pareja de hermanos–. El premio, que no lo sabe, ya lleva nuestros nombres: ¡Luca y Mateo! ¡Luca y Mateo Farabutto!

Su fama, creada ingeniosamente por ellos mismos, rápidamente fue precediéndoles hasta llegar a oídos del emperador que, sin dudarlo, ordenó traerlos ante su presencia.

–Afirmáis venir a la “Competición del mejor sastre” para recoger el premio sin haber enfrentado rival, sin duda alguna, tenéis mucha fe en vuestras habilidades con la aguja ­–dijo el emperador–. Podría tomar tal arrogancia por insolencia contra mí, pero tanta curiosidad despertáis que la mía ya no duerme. Decidme, ¿es cierto que trabajáis con la tela más hermosa que jamás se haya visto? –preguntó aparentando indiferencia.

–Mi señor, mi rey, mi emperador –habló primero Mateo Farabutto–. ¿Cómo podemos esconder nuestro secreto, aunque por humildad fuera, sabiéndonos capaces de haceros el hombre más feliz y bello de cuantos han vivido y vivirán?

–No solo es la tela más hermosa que jamás se haya visto, alteza –continuó diciendo Luca Farabutto–, sino que somos los únicos que sabemos cómo zurcirla para crearos un nuevo traje, el mejor que se pueda soñar. Lo mejor no son sus bellos colores ni la sensación que la tela produce al vestirla, sino que es invisible a ojos de aquellos que no merecen su cargo por necedad o por ser simplemente estúpidos.

El emperador, preso en aquella conversación de su debilidad por los trajes, les contestó:

–Nada pierdo yo y quizás vosotros la vida, de no hacer honor a lo expuesto. De ser verdad no hallaréis rival alguno en el certamen, así que he aquí mi decisión: desde hoy trabajaréis en palacio para crearme un traje nuevo, tendréis todo lo que pidáis y haga falta, sin reparo ni límite. Pero no participaréis en la competición pues el tiempo que paso sin mi nuevo traje ya es tiempo que me pesa. Me habéis provocado un sueño y mi descanso depende de verlo cumplido.

Y así fue como los dos tramposos consiguieron librarse del resto de contrincantes.

Durante los días siguientes, el dictamen del emperador se propagó con rapidez por el reino haciendo que todo el mundo hablara de ello. La competición quedaba anulada hasta nueva orden y en su lugar se celebraría un desfile, bien mostrando su traje nuevo, bien exhibiendo la extraña pareja en su camino hasta el cadalso. A todos, por supuesto, les pareció una idea novedosa y cautivante.

Antes de ponerse a trabajar en el traje nuevo del emperador, los hermanos Farabutto demandaron toda clase de objetos lujosos a los proveedores del monarca con la excusa de ser indispensables para confeccionar la misteriosa tela. Mientras tanto, en la corte se asombraban al verlos descargar, de forma incansable, inmensos y pesados fardos de materia prima que nadie veía.

–Por el tamaño de los fardos y el sudor de su frente se nota que esa tela debe ser digna de un emperador –decían entre ellos los mercaderes de palacio.

Una vez estuvo todo listo, Luca y Mateo se encerraron en la estancia más lujosa y amplia de todas las de palacio. Se pasaban las horas haciendo que trabajaban sin descanso y solo podían ser interrumpidos por orden directa del emperador. Los pocos que allí se asomaban veían como los hermanos Farabutto se apremiaban cortando y repasando patrones sobre mesas totalmente vacías. Nada había que se pudiera medir o tocar, pero la admiración se repetía nada más salir:

–Sin duda este nuevo traje será digno de nuestro señor –rezaban los cortesanos.

El engaño iba más allá puesto que en la ciudad, desde donde se apreciaba claramente la torre en la que trabajaban los hermanos Farabutto, la gente podía ver cómo las luces se encendían antes que el amanecer y se apagaban con la noche ya vieja. Y es que los dos desgraciados se turnaban para encender y apagar las velas, haciendo creer a todos que trabajaban sin descanso.

Un día, el rey se inquietó al darse cuenta, por primera vez,  de lo que pasaría si él mismo no era capaz de ver el traje. Y por estas tribulaciones y por algo más de impaciencia, hizo llamar a su primer ministro para que fuera a verlo en su lugar.

–Me gustaría conocer qué tal va mi nuevo traje. Quiero saber cuánto he de esperar –le dijo.

Entretanto, al monarca se le ocurrió que el mismo temor que le rondaba por la cabeza podría dejar al descubierto a aquellos de sus súbditos que no merecían su cargo por necios. Aquel pensamiento menor le produjo algo de sosiego en la espera.

El ministro se dirigió hacia la torre en donde se encontraba la hacendosa pareja  y se quedó perplejo al ver todos los telares y percheros vacíos mientras el par de granujas seguía con su exquisito número de gesticulación:

–¡Toque ministro! ¡Toque esta extraordinaria tela y dígale lo delicada que es a nuestro querido emperador! –decía Mateo.

–¡Y pídale que le permita conservar su mano por haber tenido tan alto honor! –se burlaba Luca.

A su regreso ante el emperador, el primer ministro no perdió el tiempo para empezar a deshacerse en elogios sobre lo que había visto. No quería ser él mismo quien autoproclamara su necedad.

–No se equivocan al decir que será su mejor traje, mi señor –concluyó el ministro.

Unos días más tarde, los hermanos Farabutto pidieron a los orfebres reales que trajeran oro y todo tipo de metales y piedras preciosas, pues iban a empezar a adornar la tela con sutiles detalles que realzaran el corte del traje. Aunque advirtieron, sabiendo que informarían al emperador, que las piedras, encajes y ricos bordados adquirirían las mismas propiedades de invisibilidad al entrar en contacto con la tela.

De nuevo, el emperador quiso saber cómo iba su traje, pero no se atrevía a ir él mismo, así que esta vez convocó al comandante de su guardia personal y le dijo:

–Me gustaría saber cuánto queda para enfundarme en mi anhelado nuevo traje. Cuéntame lo que vean tus ojos.

Al llegar a la estancia, el comandante no vio ni telas, ni joyas, ni oro, ni nada más que aquellos enormes telares vacíos y a los dos hermanos frente a las ruecas que rodaban igual de vacías.

–Mi comandante –dijo Luca–, si no fuera porque conozco la sensación que produce la belleza de mi trabajo, confundiría vuestra emoción con la de espanto.

–¡Cántele al emperador las maravillas de lo que ha visto, comandante! –añadió Mateo.

Cuando el comandante salió de la sala se preguntó: “¿Seré tan estúpido como para no haber visto absolutamente nada? ¿Acaso no seré merecedor de mi cargo? Sea pues mi engaño, no seré yo quien cabe mi dudoso destino».

Una vez, ante el emperador, el mísero guardián alabó la magnificencia del trabajo de los Farabutto.

Pero poco le duró al emperador la tranquilidad por las palabras del comandante. Y atreviéndose aún menos que antes a ver con sus propios ojos aquella tela extraordinaria, mandó llamar al consejero imperial. Las órdenes eran las mismas y cuando el consejero llegó ante la sala, de repente las puertas se abrieron de par en par apareciendo a gritos los hermanos Farabutto:

–¡Oh consejero, qué gran coincidencia! ¡Venga con nosotros, venga! ¡Vamos a darle al emperador la gran noticia de que su traje nuevo está listo!

El consejero, algo desorientado respiró con alivio al librarse de su incómoda tarea y dirigiéndose con los pillos en busca del emperador, aún tuvo tiempo de girar la cabeza y ver, entre las puertas abiertas de par en par, una sala totalmente vacía.

Llegados ante el emperador, este mandó a su consejero acercarse hasta su lado y en confidencial susurro, le inquirió:

–Consejero, ¿y bien?

–Alégrese emperador de la nueva que le traen los dos ahí presentes –dijo el consejero cobarde–. Como prueba os ofrezco la expresión que traigo en mi rostro, que aún no se ha recuperado de lo que ha visto. Incapaz soy de describiros la belleza del traje. ¿Cómo iba a ser yo y no los mismos autores de esta hazaña quienes os comuniquen tan buena noticia?

El emperador se levantó visiblemente emocionado, miró a los hermanos Farabutto y con la palma de su mano hacia arriba extendió su brazo diciendo:

–Queridos captores míos, ¡id!, ¡mostradme mi traje nuevo y que acabe esta prisión de deseo en la que me habéis encerrado!

Pero al llegar la sala estaba vacía, amén de los telares, las ruecas y cientos de virutas de hilo por el suelo, colocadas por los dos embusteros con la perfección de una araña. Y en su trampa cayó el emperador ya que los hermanos Farabutto no dieron tregua a que el emperador reaccionara.

–¡Admire, emperador, su nuevo traje! ¿No le parecen estos colores parte de un  sueño? –dijo Luca mostrándole con sus brazos el traje invisible.

–Es un honor ofreceros nuestro mejor trabajo hasta la fecha. Y solo vos habéis ofrecido la oportunidad de conseguirlo. Somos nosotros quien os damos las gracias –acompañó diciendo Mateo con muchas reverencias.

El emperador, atónito, empezó a aterrorizarse pues, por mucho que lo intentaba, era incapaz de ver el traje. Al igual que sus tres mensajeros, no quiso ser él mismo quien derrocara su corona. Pero él era el emperador y confiado ya de nuevo, sentenció:

–Excelente trabajo. ¡Que preparen el desfile!

Y todos empezaron a aplaudir y a vitorear a los dos estafadores mientras alababan la belleza del traje.

Frente al espejo, Luca y Mateo Farabutto despojaron al emperador de sus prendas reales dejándolo completamente desnudo. Y en el número final de su teatro, los dos pillos interpretaron la parte en donde le volvían a vestir, entre halagos, con aquel traje inexistente. El último detalle fue hacer que cubrían sus hombros con una gran capa larga pero que el monarca ni nadie era capaz de ver.

–¡Es maravillosa, amigos! No solo recompensaré vuestra humilde gratitud sino que os colmaré de riquezas hasta abrumaros por este trabajo. ¡Salimos! ¡Mi pueblo espera para verme!

Al fin, el emperador se presentó ante la ciudad y desde puertas y ventanas se oían los gritos de su vasallos:

–¡Qué bello! ¡Qué gran vestido! ¡Qué traje tan increíble! ¡Oh, es espléndido! ¡Al igual que nuestro emperador!

Todos jugaban al engaño, pues nadie quería pasar ni por necio ni por idiota y menos cuando se corría el peligro de perder el cargo.

Al llegar a una plaza, una niña vio pasar al emperador sin llevar nada puesto encima y le dijo a su madre:

–Mamá, ¡pero si el emperador va desnudo!

La mujer le respondió:

–Sí, hija mía. Y aun así, aquí estamos todos desnudos como él.

–Entonces ¿estará siempre el mundo desnudo? –preguntó la niña con la curiosidad de su edad.

–No, cariño –sonrió la madre orgullosa cogiéndole la mano–, no mientras me hagas esas preguntas.

FIN

*Ilustración de la cabecera por William Penhallow Henderson.

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